En uno de esos días tranquilos de los que tanto abundan en nuestro pueblo, a veces ocurre que sentado en el patio de tu casa, disfrutando de las cosas gratuitas de la vida como un buen vaso de agua del grifo, las ochentadas molonas que suenan por la radio, o simplemente el plácido placer de ver “les vaques” pacer, le da a uno por pensar en los necios consejos de “El Miserable Urbanita”.
a la puta vida se ha llamado “trabayar de comercial”, que es lo que hace todo el mundo sin estudios, aunque si los tienes, esos tres o cinco que llevas perdidos. Y después están las comisiones, que no te lo pierdas, ¡¡son de las que te dan!!, no como las de tu banco que siempre te roba “a cara pitbull” con cosas como “inmovilizado”, “tarjetas”, “apertura”, “cierre”, “pernada”, lo que en romano paladín se conoce como simple y llana USURA. Pero este tipo de “fauna miserable” para nada te hablará de todos puntazos que por el culo se traga, del mismo modo que lleva al mutismo absoluto eso que en la lengua de Shakespeare han venido a llamar “up or out”, o vendes más o a la puta calle. Eso sí, ellos nunca son despedidos, siempre cambian a un trabajo mejor, ya sea por una cuestión de sueldo o de movilidad, pero nunca porque el péndulo de los reajustes de personal haya caído sobre sus sobadas nucas.
El traje es algo muy importante y personal. Pero que jodido que no siente a todos igual de bien y que al ponérselo no se convierta uno en el alto ejecutivo que había soñado. Muy al contrario nuestro amigo termina pareciendo uno de tantos pingüinos que vestidos de “boderos” vagan por las oficinas y calles de la Gran Ciudad, con un churretón de sudor debajo del sobaco, cual “Currito Manolo” botijo en mano y picando asfalto. La libertad para vestirse queda para los pobres y labradores. ¿Coche de empresa? Nuestro amigo siempre está hablando de comprarse un Audi, un BMW, o un Alfa Romeo, pero luego anda en metro, en autobús, o en el viejo utilitario que le compró a un marroquí de su barrio, aunque no disfruta mucho de él porque siempre está en el parque de la grúa o en el taller de la Renault.Mientras un viernes por la noche tú sigues sentado en el porche de tu casa leyendo Moby Dick o la Crítica de la Razón Pura, él se acerca sofocado aún con el vapor de la ducha saliendo de la cabeza y una camisa horrible de 300 € planchada por la lengua de un gato. Abriendo una botella Johnny Walker frente a tu cerveza de 30 céntimos siempre te dice con ansiedad: “¡esto es vida!, ¿qué haces ahí desperdiciando tu tiempo? , ¿por qué no buscas un curro?, uno bueno com
o el mío. Así podrás vivir sólo, "follar" todo lo que quieras, comprar cosas superfluas, emborracharte de verdad, y quien sabe si con el tiempo, sacarte un par de hipotecas a 50 años como yo.” Síndrome del Camarero, “iblis” de la modernidad, vive deprisa y véndele tu fuerza de trabajo al señor feudal del BBVA a cambio de la falsa protección de un falso hogar, tu plusvalía al burgués facineroso que exprime y es exprimido, tu paz y sosiego a los tubos de escape y los neones de Ciudad Capital.Porque ser un verdadero “outsider”, amigos, no significa vivir en una caravana o tirado debajo de unos cartonés en la Plaza de Sur rodeado de “brickeros”. Tampoco significa ser un “hippij@” en comunión con el mundo y la naturaleza, de vacaciones solidarias o revolucionarias con la tarjeta de crédito de papá. Ni finalmente un reaccionario descerebrado que no sabe por donde el viento le da, con camiseta antisocial y, como decía el gran Chiquito, una etiqueta de Anís del Mono por Graduado Escolar.

Debes elegir sabiamente un modo de vida cómodo que produzca lo necesario (o mucho), pero que dé la espalda a los falsos y superfluos placeres de la España del SMS que únicamente busca la alienación del individuo a través de ritos tribales modernos y desidia política tripartidista. Estudia, pero no lo que te digan tus padres o el mercado, tampoco por la "titulitis", hazlo para comprender mejor el mundo que te rodea, leyendo e investigando y viajando, interrelacionando los conocimientos, no como esos universitarios que se jactan de haber terminado cualquier ingeniería técnica jugando a la XBOX. Se inteligente y busca en el gran contenedor de la basura burocrática alguna beca, subvención, paga o subsidio que te permita vivir donde ya vives, o en algún sitio mejor, y no desperdicies lo poco que te pueda tocar en la vida en aquello que nuestra abuela, en su eterna sabiduría, llamaba “fataes”.



Algún envidioso que otro tildará este particular “Regular Way of Life” de tacañería o incluso a nosotros mismos de ser unos caraduras, pero nosotros no hemos creado la enfermedad que consume a este país, sino todos aquellos otros que a partir de ahora podr
éis reconocer mejor y que no usan la profilaxis apropiada contra esta lamentable pandemia. La respuesta, queridos amigos, no la tenemos nosotros, ni tampoco está soplando en el viento como decía el estreñido de Bob Dylan, sino que está en la televisión y en vuestras propias manos: Únicamente tenéis que DECIR NO.Después de esta pequeña digresión sobre el vestir, el comer y el dormir, volvemos a nuestro relato principal que no es ni más ni menos que este viaje “putamadre” y “perroflaútico” que se ha ido acomodando a nuestro cuero como la lagarterana a los pelos retorcidos del bueno de Freddie Mercury. Cuando uno de esos miserables urbanitas piensa en dormir en la playa, probablemente piensa en Benidorm, Cancún o alguna otra “turistada”. Probablemente se imagina noches de 30 grados, un cielo anaranjado, el rumor lejano de una discoteca cercana, una ebria teutona sin bragas tumbada sobre él y quizá a un “mamporrero” levantino intentando sacar tajada de la tajada. Sin embargo, para nosotros, Asturianos invictos y reumáticos, la playa de noche es algo más especial. Significa humedades, frío, cielos encapotados y “boquitas de triángulo”, quien sabe si por intentar tocar una mala teta. Por eso dormimos en el coche y bien resultó cuando a las 4 de la mañana comenzó a diluviar como en los días de Noé.
A la mañana siguiente, después de “wifear” un poco bajo los vapores medicinales del parking del McDonalds, partimos súbito de Saint-Tropez con un
olor extraño e ilocalizable en el coche. La caravana vino del mismo modo en que se fue, con un café de máquina compartido y escuchando “Girls just wanna have fun”. A continuación les presentamos la Costa Azul: una carretera serpenteante a lo largo de 200 kms. en la que se suceden increíbles calas de azules nacarados y de vez en cuando alguna ciudad de esas que viven del cine.Al fin llegamos a Cannes, un pueblo venido a más, donde un cortometraje de dos minutos vale más que mil palabras. Por eso os dejamos con unas cuantas reflexiones en video que os harán entender mejor de qué va este puñetero circo.
Una etílica cerveza en
Cannes nos dio el empujón necesario para encallar nuestros culos en Plage Keller (San Juan-les-Pins) no muy lejos de Antibes. Pregúntale al Último Superviviente cuántas horas de sol quedan y te dirá que las suficientes como para no tener salir de la jodida bañera hasta sentir como el sol poniente se adentra en el agua y enrojece el embarcadero de la bahía donde junto al pancho de Ottis Redding, perdemos el tiempo.Por la noche, un pleno el pleno al quince. Cervecita en la terraza con el dinero ganado a golp
e de chorradas y una formidable wifi para ver como va todo por el planeta tierra. Como decían las Tortugas Ninja Mutantantes y Adolescentes...










































